Sor Juana, entre la consagración celestial y la condena apocalíptica - 26 de Marzo de 2011 - Proceso - Noticias - VLEX 302903245

Sor Juana, entre la consagración celestial y la condena apocalíptica

Autor:José Pascual Buxó
 
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Leí con interés la entrevista de Rodrigo Vera con Alejandro Soriano Vallés que llevó por título El enigma de la Biblioteca de Sor Juana y fue publicada en el número 1793 de Proceso.

En la primera parte de la misma se anuncia el hallazgo del testamento de un contemporáneo de la Décima Musa –el padre José Lombeida–, quien tuvo a su cargo la venta de los libros que ella poseía en su rica biblioteca, y cuyas ganancias debían ser entregadas al arzobispo Aguiar y Seixas para emplearlas en obras de caridad.

Otro descubrimiento del que da cuenta Soriano es el de un documento manuscrito localizado en la Biblioteca Palafoxiana de Puebla, que contiene una copia de la que sería la respuesta del obispo Fernández de Santa Cruz a la Respuesta que la propia Sor Juana había dado a la epístola que le dirigió bajo el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz, e hizo imprimir al frente de su edición de la Carta atenagórica, en la cual la conminaba a renunciar al estudio de los poetas y filósofos de la antigüedad clásica (que acabarían siendo los “libros de su ruina”) y se entregara sin tibiezas al perfeccionamiento de su alma cristina.

Este último documento ha sido publicado por Alejandro Soriano Vallés en su libro Sor Juana Inés de la Cruz. Doncella del verbo (Editorial Garabatos, 2010).

Para poner estos documentos en el contexto que más ayude a explicar su significado e intención, es necesario aludir –si bien de manera muy sucinta– a los antecedentes de aquella renuncia de Sor Juana, no sólo a sus libros y preseas, sino a su incansable afán de estudiar y saber, puesto que –como lo dijo ella misma en la mencionada Respuesta–, era Dios quien le hizo “merced de darme grandísimo amor a la verdad, que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las letras”, que nada ni nadie había podido impedirle “seguir ese natural impulso que Dios puso en mí”.

Como bien sabemos, gracias a la publicación de sus obras poéticas en España (Inundación castálida; Sevilla, 1689) fue universalmente proclamada Décima Musa, “sublime honor de nuestro tiempo”, “compendio de todas las ciencias” y un sinfín de elogios y panegíricos que todos sus lectores bien podemos recordar. Con todo, el carácter preponderantemente “profano” (es decir, cortesano, amatorio y filosófico) de las composiciones poéticas incluidas en ese volumen auspiciado por su amiga la marquesa de la Laguna, virreina que fue de la Nueva España, acrecentó las censuras de que ya había sido objeto por parte de su confesor Núñez de Miranda y, en general, por la clerecía novohispana, a cuyos integrantes no les parecía “decente” su “escandalosa” dedicación a la poesía, en olvido de sus obligaciones religiosas.

En ese contexto de censuras a la monja poetisa, Fernández de Santa Cruz halló modo de que Sor Juana se animase a escribir la “crisis” de un “Sermón del Mandato” del celebre jesuita Antonio de Vieira. Se trataba de la discusión de un asunto perfectamente escolástico acerca de cuál haya podido ser la mayor muestra de amor (o “fineza”) que Cristo hizo a la humanidad antes de su traspaso. Sor Juana no sólo se oponía a las tesis del predicador portugués (que no es cosa de discutir ahora), sino que sostuvo que el mayor beneficio hecho por Dios no era haber quedado presente en la Eucaristía, sino precisamente no hacer beneficios a los hombres cuando sabe que éstos habrán de corresponder mal al amor de su Criador. Más aún, que la mayor “carta de libertad” dada por Dios a los hombres fue precisamente su libre albedrío para que a ellos correspondiese juzgar la maldad o bondad de sus propias acciones.

Sin consultar ni informar a Sor Juana, el obispo publicó esos “borrones” en 1690, a los que puso el hiperbólico y muy barroco título de Carta atenagórica (o digna de la sabiduría de Atenea) y lo hizo preceder de una misiva dirigida a la propia Sor Juana, firmada con el religioso disfraz de Filotea de la Cruz. En el contenido e intención de esa epístola han hallado los estudiosos de la vida y la obra de Sor Juana los motivos de la crisis espiritual que no tardaría en afectarla de manera dramática. La estrategia persuasiva del obispo era evidente: después de ponderar las dotes intelectuales de Sor Juana (la “discreción”, “energía” y “claridad” con las que “convence el asunto”, es decir, lo pertinente y fundado de sus argumentos), Sor Filotea da un brusco y calculado giro a su panegírico, pasando de las encendidas alabanzas a las pesadas admoniciones: ya es tiempo –le decía– de que abandone vuestra merced el estudio de las “rateras noticias de la tierra” –esto es, de las ciencias y letras profanas–, que suelen conducir al pecado de elación o soberbia, al que son tan proclives las mujeres por causa de su natural “vanidad”, para que dedique enteramente su entendimiento al estudio de las letras sagradas y siga tan sólo el “libro” de Jesucristo, cuyo sacrificio debe imitar, tanto más siendo una esposa enteramente consagrada a su servicio.

Y la amonestaba diciéndole: “Mucho tiempo ha gastado V. md. en el estudio de filósofos y poetas; ya será razón de que se perfeccionen los empleos y que se mejoren los libros”, puesto que...

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