La derrota de Cuauhtémoc

AutorAlfredo Chavero

Al amanecer marchó Sandoval con los bergantines a ocupar la laguneta; Alvarado debía avanzar del mercado y Cortés salió de su real con los tres cañones de hierro, seguro de que sus tiros obligarían a rendirse a los sitiados y les harían menos mal que la furia de los aliados. En su marcha encontró muchos hombres moribundos, mujeres macilentas y niños enflaquecidos que se dirigían al campo español: algunas de estas míseras gentes, por salir de su campo, se habían arrojado al agua de los canales o en ellos habían caído empujadas por otras, y no pocas se ahogaron. Cortés mandó que no les hiciesen mal; pero los aliados las robaron y dieron muerte a más de quince mil personas. Los sacerdotes y los fuertes guerreros estaban impasibles, flacos del hambre y el trabajo, armados de todas sus armas e insignias, esperando el combate en lo alto de los templos, sobre las azoteas o de pie en sus canoas. Cortés a su vez se subió en una azotea inmediata a la lagunilla para presenciar las operaciones. Allí volvió a ofrecer la paz a los de las canoas y a insistir en que pasara a hablar con él Cuauhtémoc. Prestáronse a ir dos principales, y al cabo de mucho tiempo volvió con ellos el Cihuacoatl a decirle que su rey no quería hablar de paz. Habían pasado en esto unas cinco horas, y Cortés mandó romper el fuego de los cañones. Serían las tres de la tarde cuando se oyó por última vez el caracol de Cuauhtémoc: los mexica se precipitaron por el oriente y por el sur sobre sus contrarios y las canoas se lanzaron sobre los bergantines.

Era que Cuauhtémoc, no pudiendo ya humanamente resistir, emprendía la fuga antes que rendirse, y para conseguirlo distraía la atención de sus contrarios. Mientras éstos atendían al combate y destrozando a los mexica penetraban en su último refugio por el sur y el oriente y Sandoval se empleaba en destruir la flota de canoas, Cuauhtémoc con Te-cuichpoch y los principales dignatarios salía en canoas del Tlacochcalco y por una zanja que creemos existe aún detrás de Santa Ana, e iba al canal de Occidente, por donde a todo remo ganó el lago dirigiéndose a la orilla opuesta para de ahí buscar refugio en el Cuauhtlálpan. Mas observó García Holguín las canoas de los fugitivos, y tendiendo las velas de su bergantín púsose en su alcance: ya los tenía a tiro, y...

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