Euterpe en su sima - 17 de Noviembre de 2018 - Proceso - Noticias - VLEX 746141981

Euterpe en su sima

Autor:Samuel Máynez Champion
 
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En este 2018 tendrían que haberse festejado los 150 años del natalicio de Narcissa Florence Foster, una artista tristemente célebre cuya vida ha sido objeto de sugestivas obras de teatro y de sápidos largometrajes (de estos últimos, el más reciente se estrenó en 2016 a cargo de Meryl Streep, quien la encarnó magistralmente valiéndole otra nominación al Osear).(1)

¿Cómo es entonces posible que a una figura que suscita tanto interés -y tanto morbo-se le hayan escatimado los homenajes en su sesquicentenario?

¿No fue, acaso, un personaje que "deleitó" y enardeció a sus escuchas, que grabó cinco discos de 78 rpm que siguen reimprimiéndose, que atrapó la atención de los críticos más severos, y que se retiró de los escenarios con un memorable recital en el Carnegie Hall de Nueva York, templo consagratorio de los valores musicales del planeta, agotando las localidades y dejando fuera a más de dos mil admiradores? ¿No representó ella una vedada glorificación de los anhelos más recónditos del alma humana a través del canto y sus portentos?

Las respuestas estriban en que se trató de una especie de anti-heroina, cuya inconsciencia y, por supuesto, enorme fortuna, la llevaron a situarse por encima de la valoración general de su desempeño artístico y que, contradiciendo las normas de excelencia musical, no tuvo empacho en exponer sus limitaciones, trastocándolas en virtudes frente a públicos a los que anonadó por lo inaudito de su impericia.

Sujetos que encajen en esa categoría nos son muy conocidos, es decir, estamos sobrados de falsos valores que se suben a los pódiums de las orquestas, que escalan en los puestos del servicio público, sobre todo los de mayor visibilidad política, y que insultan nuestra inteligencia mostrándose frente a cámaras de televisión o vociferando ante micrófonos de radio; empero, la inusitada candidez de Narcissa y su inmenso amor por la música suscitan una piedad que merece indulto y una empatia que incita a la reflexión. Después de todo, ¿quién puede sentirse enteramente satisfecho con su realización como ser humano?, ¿quién puede atreverse a criticar soslayando lo criticable de sí mismo?, ¿quién está libre de pecado para poder lanzar una piedra contra las pifias y los yerros de los demás?... Aunque hay niveles de aberración y desenfado, es cierto, como aseverarían los exigentes, pero el caso de Florence rebasó toda mesura, funcionando como ejemplo para ponderar la ineptitud como crisol de la vanidad ciega.

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