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Estado de peste

 
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Foto EE: Eric Lugo

Al término del primer trimestre de 2020, casi todo el mundo concentra su atención en afrontar los estragos fácticos e imaginarios causados por el coronavirus Covid-19.

Desde que emerge la conciencia de la letalidad de ese agente patógeno, nos topamos con un pandemonium de noticias y opiniones que dificultan la comprensión del fenómeno en referencia. Las líneas subsiguientes no pretenden acrecer los niveles de confusión detectados, pero es difícil lograr esa meta mínima. Esperemos que sí.

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En la medida en que el Covid-19 se propaga de Oriente a Occidente, se altera drásticamente el mundo de la vida en sociedades y comunidades enteras, especialmente en sus dimensiones económica y política.

Abundan los análisis estadísticos sobre morbilidad y mortalidad. La danza de los números sirve para justificar las más diversas lecturas y decisiones. Proliferan los oráculos de cariz científico para legitimar políticas y medidas de dudosa efectividad y beneficio. Se aplican maquinalmente modelos teóricos prefabricados para sobre o subestimar las cifras palmarias de la realidad. Se improvisan tesis y estrategias, al tiempo que se constata como lo más cierto el hecho de que todavía se sabe demasiado poco sobre el agente patógeno de marras y las mejores formas de afrontarlo. Se desata la suspicacia –algo comprensible, dados los antecedentes y el carácter de los poderes fácticos– y se aventuran demasiadas conclusiones fallidas sobre lo que viene sucediendo.

Destacados teóricos de la economía, la sociedad y la política expresan sus sospechas por las cuarentenas y los confinamientos masivos. Reducen tales medidas a mera estrategia de control social (no se limitan a esa función, aunque es cierto que la cumplen). Por ejemplo, Giorgio Agamben se apresura a afirmar que estamos ante un plan consistente en promover el estado de excepción frente a un peligro –el Covid-19– que viene a desplazar al terrorismo en ese papel. No han faltado señalamientos, en el sentido de que podría tratarse de una guerra biológica entre Estados Unidos y China. En fin: las secuelas que la Corona-krise –como la llaman ciertos medios alemanes– ya está dejando en los procesos productivos, en los niveles de consumo, en los índices de empleo, en la re-disciplinarización de la fuerza de trabajo y de la gente en general..., así como en la dinámica financiera global, inducen a algunos estudiosos a concluir que todo es una estratagema del Mal encarnado en las más poderosas instancias económicas de nuestro mundo.

Esas aproximaciones a la catástrofe en marcha pueden estar más o menos dotadas de verdad, pero no se adentran en la complejidad que en ella introduce la dimensión humana. La "mano negra" de los malvados de las finanzas, las corporaciones transnacionales, los cleptócratas, los neofascistas de toda clase, las empresas globales vinculadas a la medicina, las mafias sindicales y semejantes ciertamente existe, pero en ocasiones como esta tiene de aliado primordial los cuerpos y las almas de quienes tiemblan de pavor ante la probabilidad de una muerte, no por absurda menos aniquiladora. Por mucho que los aparatos de producción e inducción ideológicas hayan contribuido a la exacerbación de ese miedo, este tiene una raíz anímica concreta, que determina con fuerza las actitudes y las reacciones individuales y colectivas frente a la epidemia. Este es un asunto de vida o muerte, potencialmente, para todos y el diagnóstico del presente debe tener muy en cuenta ese elemento literalmente trágico (1)

Se diría que los intentos más conocidos de caracterización de la coyuntura oscilan entre las presunciones conspirativas y la aplicación forzada de teorías anquilosadas y categorías zombis (2) (como, p. e., “Estado represivo”). Así, de manera implícita, se sobreestiman los poderes propios de los factores de la economía neoliberal global y a sus aliados político-ideológicos, a escala nacional y planetaria, a la par de que se dejan de lado las complejidades inherentes a la imbricación entre la subjetividad humana y las múltiples estructuras que configuran el ser social.

De diversas maneras, algunos tienden a dejar de lado la hipótesis de que viene adquiriendo forma y se propaga por el mundo un específico proceso emergente extra-subjetivo –por ende, objetivo, aunque como condensación de una producción social que también se nutre de la rica y dinámica subjetividad humana– que opera como factor entrópico en el orden económico-político mundial. Se podría convenir en designar ese movimiento con el término “Estado de Peste” y se puede advertir, de entrada, que rebasa con creces las capacidades de cualquier agente económico y/o político concreto, por muy poderoso que sea. En sentido estricto, nadie es culpable de la instauración progresiva de ese régimen literalmente extra-ordinario, aunque sobran las fuerzas ostensibles y crípticas que contribuyen a su desarrollo y a la postre se aprovechan al máximo de él.

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Lo que se observa, sobre todo, en Italia, España, Francia así como en varios países sudamericanos y en zonas de Estados Unidos, a propósito de la contención del Covid-19, es la conformación de un orden semejante pero distinto a los estados de excepción, de guerra, de emergencia, de alarma, de sitio... Se trata del mencionado estado de peste. Esta tiene en común con todos aquellos, cuando menos, estos aspectos: 1. se configura, con el apremio de una urgencia extrema, para enfrentar a un enemigo o una situación letal, 2. implica una alteración drástica del mundo de la vida, especialmente en lo que hace a severas restricciones de los derechos fundamentales, 3. en general, se cimienta de manera decisiva en la anuencia trágica –reflejo de un temor a la muerte agudizado por la ubicua presencia de esta y por la incidencia recta o malévola de los medios de comunicación y, ahora, las redes sociales–, 4. las funciones de control social, político y hasta moral, pasan a manos de las fuerzas armadas y a las demás estructuras de coacción legítimas o no y 5. es un evento relativamente efímero. Esa afinidad de rasgos permite entender que el estado de peste pueda ser visto como la combinación de los demás regímenes de urgencia mentados. El caso de Atenas durante la Guerra del Peloponeso (431 - 404 a. C.) –en especial, en sus etapas iniciales– ilustra muy bien esa posibilidad de conjunción de diversas configuraciones emergentes, ante eventos sobrevenidos; en especial, el estado de guerra con el de sitio y el de peste. Ese fue el hábitat mórbido en el que el propio Pericles perdió la vida. Ahora, más allá de las similitudes están las diferencias, que se considerarán a continuación.

En el fondo, el modelo de referencia del estado de peste es el que suscitó la gran pandemia registrada en el siglo XIV con la denominación de “peste negra”; evento que se ha mantenido en la memoria histórica de Occidente. Aun cuando en aquel fue decisiva la bacteria Yersenia Pestis, lo que importa es el paradigma de régimen social de emergencia, que puede adquirir validez con independencia de que se deba a la necesidad de afrontar virus como el de la influenza, el de la viruela, el del ébola, el de la fiebre amarilla, el del síndrome de inmuno-deficiencia adquirida (sida) o el Covid-19 o la bacteria Vibrio Cholerae, causante del temible cólera, o las que generan el tifus.

Tampoco son muy relevantes los datos sobre la mortandad ocasionada por el agente patógeno del caso, para que empiece a tomar forma y se mantenga el estado de peste. Se estima que la referida gran peste del siglo XIV se llevó a la tumba o a la fosa común a una cantidad comprendida entre los 20 o 25 millones de personas, en poco más de un lustro; por su parte, la llamada “gripe española” pudo haber llegado a unos 40 millones de caídos, en cosa de un año. En realidad, para que se active el estado de peste basta con que un microorganismo infecto-contagioso se manifieste en nuestro hábitat existencial con la muerte de uno solo de nuestros semejantes. El efecto catalizador de la conciencia de nuestra fragilidad y finitud que un evento así produce es suficiente, para concitar las reacciones individuales y comunitarias que deriven en el estado de peste. En condiciones normales, las defunciones de los demás, incluso si pertenecen a nuestro entorno más próximo, se viven como un fenómeno lejano, que apenas nos concierne por algunos lazos afectivos o de convivencia social. Todo cambia en un régimen de peste. Ahí, la veloz serie de decesos –incluso los que acontecen a miles de kilómetros de distancia– convierte a la muerte en una presencia demasiado cercana, aviva la conciencia de nuestra condición mortal y refuerza en uno las presunciones, fundadas en una mayor probabilidad, de que puede ser el próximo en caer. Tratándose de la propagación pandémica de un factor mórbido, se sabe que las defunciones aumentan hasta alcanzar un techo indeterminable a priori, lo que exacerba un sentimiento trágico generalizado y el consiguiente terror ante la cruel e implacable contigüidad de la muerte.

Asimismo, una vez que se configura el régimen de peste, pasa al plano de la prioridad político-social absoluta, con lo que opaca, anula o minimiza la relevancia de los principales problemas o conflictos previos al evento. En nuestros días, por ejemplo, es lo que pasa con el vasto movimiento feminista que se venía desarrollando hasta el 8 de marzo y con el proyecto de reimpulso...

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